El recordatorio de tener siempre los pies en la tierra

mama
Según el Estado de la nación, el número de hogares jefeados por una mujer subió siete puntos porcentuales entre 1990 y el 2008, al pasar de 11% a 18%. (Fuente: La Nación)

Yo no creo en el destino. Por romántico que me parezca, no se me viene fácil darle tanto crédito a una fuerza que no puedo ver. Sin embargo, estoy convencida de que los eventos de la vida misma nos construyen como los seres humanos que somos. Hoy, 3 de febrero, amanecemos con el escenario de una segunda ronda, teniendo la oposición una oportunidad histórica de articular una fuerza integradora programática para hacer 4 años de cambios que gritamos como país. Hoy, el día que yo dije que me devolvió la esperanza, la realidad me regaña, me trae a la tierra.

Todo era igual que ayer y que el día anterior. La que había cambiado era yo. Yo era la que estaba viendo felicidades en las esquinas que no existían en la calle. Una mujer de alrededor 25 o 30 años abordó el bus de San Pedro. Ella se dispone a hacer lo que debe para sobrevivir: vender en el bus “algo”. Estrepitosamente el chofer del bus la detiene y le dice lo que Ella siempre teme “Señora, en este bus no se permiten las ventas”. La verdad sea dicha, ella lo ha escuchado muchas veces, pero no lo esperaba. Hoy fue diferente. Tal vez  ser olvidada por todos nosotros la han dejado en una esquina contra la pared sin nada, como siempre. Su desesperación por comida, por Anthony (su hijo pequeño), por droga, por las injusticia que encarna, por un mundo que no tiene nada para ella, la exasperó. Consiguió sacar a pasear todas las malas palabras que se sabía, en el bus los ecos de los gritos nos cacheteaba, muchos y muchas tienen ese don de enojarse y bajarse del bus. Otros solo hacen mala cara. Otros ni siquiera entienden lo que pasa. Yo no pude. Merezco estar ahí. Todos. Anthony está en la casa (si es que se le puede llamar así) solo o a cargo de algún desconocido. Ella es un poco ambigua, es una sobreviviente, así se le juega. Berrea por una lista interminables de hombres que le presentaron el “cemento” y que se “tocan” entre ellos y posiblemente a él también. Ella no entiende porqué el mundo es tan feroz, porqué le han robado tanto, tanta vida, tantas ganas. Es una lista interminable de abusos y robos. Anthony los vive al igual que ella, posiblemente aún peor. El blanco de sus gritos y frustración eran los hombres: el chófer y el policía quien se vio obligado a intervenir. “Me han arrebatado todo”, gritaba. Esperaba que la golpearan hasta dejarla “con el cuello colgando” como siempre lo han hecho y su desesperación lo único que le aconseja es botarle las monedas al chófer, solo para sentir esa bella sensación que ha burlado al sistema, para sentir que ha tenido un momento para gritarle al mundo que le duele su vida, aunque la verdad es que a nadie está viendo, a nadie le importa. La vida la ha agarrado, la ha estirado y arrugado a su antojo, lo que queda, ni Ella sabe qué si hay algo más o qué quedará de Anthony en medio de la soledad de un niño en pobreza extrema, el cemento y la frivolidad de la gente.

Mi realidad siempre ha tenido la bella y dolorosa costumbre  de ponerme los pies en la tierra; sin embargo, esta vez me desplomé en caída libre,  choqué con una verdad más grande que cualquier campaña política pomposa e ilusa. Choqué con el día a día de la desigualdad y la injusticia. Tuve un momento de aislamiento con la realidad.  La vi a los ojos. Vi lo sucia que tiene la cara.  Detallé sus cicatrices, pude palpar lo profundas que son y como si hubiera cambiado de cuerpo, pude sentir su dolor en la carne propia.  Decidí no bajarme. Esto se enfrenta con el coraje de frente y con la mirada sin titubear, bajarse del bus es cometer el mismo abuso  que han cometido por años con Ella, invisibilizarla. No tengo nada filosófico que decir, nada extraordinario para cerrar esta columna, me he quedado con las palabras atascadas en el pecho.  No hay salida de este episodio en el cual no sienta esa sensación de terror que aquí, en el mundo, en este país, hay algo que apesta y todos simplemente preferimos taparnos la nariz, aunque nos quedemos sin aire.

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