Las mujeres que odian a las mujeres

Una de las peores obligaciones que nos ha dejado el patriarcado a las mujeres es ese encargo que debemos odiarnos unas a las otras. Nos lo dejaron en cada esquina posible. Disney parte de la premisa básica que existe una mujer adorable que, aparentemente, lo tiene todo y su presencia exige que exista otra mujer que la odie y que haga todo lo que está bajo su control para destruirla. No importa la razón, por más absurdo que parezca siempre es por lo mismo: belleza, riqueza o el amor de un príncipe. Televisa hizo lo mismo, nada más que un poco más barato y mal actuado. Lo peor es que al final, todos nosotros como colectivo repetimos los estereotipos hasta el cansancio, sin tener la mínima sospecha que esa fea costumbre de derribar a las mujeres más distintas de la sociedad es tan vieja y desgastada que pareciera que la inquisición aún vive y respira.

Hace algunos meses la brillante Rosa Montero contaba en su columna que un amigo de ella le externaba que extrañaba un movimiento mundial organizado y articulado, que defendiera los derechos de las mujeres en contra de la esclavitud femenina. A la luz de hechos mundiales, que solo demuestran que nuestros derechos siguen estando muy por debajo de los de los hombres, pareciera que esa lucha la perdimos y no solo en las grandes cifras del homicidios femeninos o de violencia doméstica, mutilación, lapidación, sino en las pequeñas acciones que ejercemos en el día a día nosotras mismas en contra de nuestro género.

Las peores caserías de brujas las seguimos perpetuando las mismas mujeres. ¿Cuántas chicas que quedan embarazadas siguen recibiendo una serie de insultos y castigos sociales por parte de otras mujeres?, ¿Ustedes no han notado el odio desmedido que existe en contra de las trabajadoras del sexo?, ¿Cuántos grupos de amigas confabulan en contra de otras mujeres por cualquiera que sea la razón?, ¿Cuántas mujeres que deciden divorciarse sufren del escrutinio público y familiar?, ¿Cuántas mujeres fuertes y empoderadas siguen recibiendo calificativos que censuran conductas de seguridad como “agresiva”, “mandona”, “violenta”, entre miles de otros disparates?, ¿Cuántas madres siguen diciéndoles a sus hijas que deben ser “deseadas y no sobradas”?, ¿A cuántas de ustedes que han decidido no tener hijos no las han hecho sentir menos mujeres?, ¿Cuántas mujeres pronuncian palabras como “puta”, “zorra”, “perra” en contra de otra mujer por su forma de vestir o su directa forma de ser?

Yo me he topado con mujeres extraordinarias en mi vida y lo único que puedo hacer es tratar de estar cerca de ellas para aprender de sus decisiones y experiencias: mujeres empoderadas, fuertes, independientes, madres, que ejercen su femineidad desde la lucha que viven a diario. La pregunta sigue en la mesa ¿Porqué las mismas que se autoproclaman feministas se sienten amenazadas por las que ejercen esa libertad, independencia, seguridad, capacidad de soñar y actuar sobre sus vidas y producirselas? , ¿Porqué queremos traernos abajo a las mujeres que tratan por todo lado de quitarse las amarras del sistema y crear una nueva manera de moverse en el mundo?

Ser feminista por convicción –y no por pose- es una decisión terriblemente comprometedora ya que ser consecuente con una misma, día a día, no es fácil y a veces fallamos, pero estructurar planes de eliminación va más allá del error diario, eso solo evidencia la enfermedad que llevamos dentro. Las mujeres que odian a otras mujeres deberían ser una especie en extinción, ya que ¿Quién en su sano juicio quiere establecer vínculos con un grupo de mujeres que está dispuesto a irrespetar los espacios personales, amedrentar la moral, utilizar la mentira como vehículo, invadir privacidades, hacer uso de los prejuicios moralistas, que siempre parten de la misma lógica machista, que coloca la responsabilidad de los problemas en la mujer que decide atreverse a vivir el mundo de una manera distinta?

Por eso es que yo amo a los y las “haters” que en su desesperación por hacer ese culto al odio, terminan dando el mejor tributo a esas personas que se atrevieron a ser distintas y, a la vez, hablaron tan mal de sí mismas que no necesitan que alguien les desmerite sus argumentos, pues su misma torpeza los desmerita a ellos.

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